Anita y el elefante

(Casi una fábula pedagógica)

Anita tenía unos 10 años cuando la maestra de Actividades Prácticas (un eufemismo para no decir «labores», que ya sonaba a naftalina) propuso hacer un muñeco de pañolenci. Había que elegir un animal. Había que dibujar su figura en un papel. Eso se llamaba molde. Y el molde se pasaba a un rectángulo del paño elegido que debía ser aproximadamente del color estándar del animal en cuestión. Ejemplo: rana-verde, perro-negro marrón, elefante-gris y así con toda la escala zoológica. El bicho apócrifo se cosía con un vistoso pespunte no sin antes rellenarlo con algodón, mijo, alpiste o cualquier cosa que le diera forma y no pesara una tonelada. (Nada de usar tornillos o piedras; mucho menos caracoles, que hubieran sido más vistosos pero quebradizos y difíciles de conseguir en plena ciudad).

Llegado el día de presentar en clase la mascota, las niñas mostraron orgullosas su modesta obra de arte: Prolijos perros marrones, perfectos elefantes grises. Anita sintió que algo no andaba bien. Pero enamorada de su creación, (como un artista fiel o una madre que ve hermosas a sus criaturas) exhibió su elefante. El grado estalló en risotadas hasta mostrar la glotis y la señorita se puso violeta de espanto, de indignación o de alguna cosa que Anita no estaba en condiciones de pensar con palabras. La maestra tragó saliva y, tal vez recordando su juramento pedagógico, quiso que la niña aprendiera de su error. Le explicó que la tela elegida no era la apropiada, que el pespunte estaba desprolijo y que dónde había visto un elefante verde floreado!!! (Esta parte de la oración la dijo en el límite impreciso que va del ahogo al grito, pero más cerca del segundo que del primero).

Anita se abrazó instintivamente a su muñeco imaginando que quizá se lo arrebatarían para quemarlo, pintarlo con témpera gris topo, arrojarlo al cesto con los restos del almuerzo o quién sabe qué cosas peores.

Nada horrendo aconteció, sin embargo. La maestra puso un lacónico Satisfactorio en su libreta, dispuesta a olvidar el episodio. Antes, miró con cierta pena el abominable engendro verde con flores rojas y amarillas que iniciaba esa tarde su destino de mastodonte paria entre tanto elefante gris tan bien plantado.

                                                         → adriAna raíCes ←                                                                                                                                              
N.A.:  Le debo a este elefante mi vocación docente. 
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